martes, 5 de noviembre de 2019

Entrevista de Ángel Velázquez a Carlos Alberto.


Leyendo la edición CAAW sobre la novela Epitafio para un sueño, segunda novela publicada por  Carlos Alberto, no puedo pasar por alto sentarnos a la distancia y hacer una entrevista a propósito de la historia y de su autor. Un Físico, graduado del ISP Feliz Varela en Villa Clara, Cuba y devenido en escritor.

Ángel Velázquez (AV): Tuve el gusto de leer tu novela. Sin dudas se trata de una narrativa juiciosa, elegante y penetrante. En ella me encontré a tres personajes que me llamaron mucho la atención. Empecemos por el protagonista: ¿Quién es Pepe el Salao?

Carlos Alberto (CA): Pepe el Salao es un personaje de ficción que cuenta historias reales de muchos amigos y mías propias. Pepe es el cubano de a pie, “Salao” por la naturaleza del entorno vivido en Cuba, no solo en los años 90’s, tiempo en que se enmarca esta historia, sino desde los primeros años de la revolución. Es el cubano que empieza siendo manejado y un buen día descubre que ha sido engañado por años. Pepe es el cubano que depende de una guagua, de una bicicleta, el cubano que vive 18 horas de apagones y que cuando abre el refrigerador no encuentra lo que quiere comer, el cubano que sobrevive en un sistema que lo ha perdido todo, hasta la credibilidad. Pepe es el cubano que no puede irse de vacaciones a un hotel nacional porque solo son para turistas extranjeros. Pepe el cubano que estudió una carrera universitaria y una vez que se gradúa tiene que trabajar en lo que el gobierno quiera y no donde él se sienta satisfecho. Pepe es el cubano que vio a una hermana, a una amiga o incluso a su propia mujer, tener que meterse a jinetera para conseguir unos dólares y tener una vida un poco diferente. Pepe es el cubano que ganaba en moneda nacional y tenía que comprar en dólares. Pepe es todo aquel que se identifique en este personaje, incluyéndome por supuesto a mí.

AV: El segundo personaje es la voz que nos guía a lo largo de toda la novela. ¿Quién es Carlos?

CA: Carlos, es mi otro yo. Es el que sale a estudiar y decide no regresarse. Es el que escribe la historia, es el que se enfrentó a todos los demonios que nacen cuando decides convertirte en un exiliado, el que se convierte en unos minutos en traidor a la patria, en una escoria, por el hecho de decidir donde es mejor para él su vida. Carlos es el que sufre las venganzas de un sistema que no solo te obliga a separarte de la familia, sino que además te impone y te castiga con leyes migratorias que solo están hechas para reprimir al cubano y arrancarlo de lo más valioso que existe para una ser humano; su familia. Y así se cumple el objetivo de todo sistema dictatorial: divide y vencerás.

AV: Y el tercer personaje es el antagónico, por llamarlo de alguna manera. ¿Quién es Ana Bárbara?

CA: Ana Bárbara es un personaje en el que se funden muchas historias. Tuve una vecina a la que vi crecer criada en el seno de una familia humilde y de una moral muy conservadora. Un día, cuando esa niña cumplió sus 18 años, sobre esa familia se nubló el cielo. Creo que cuando cuento el sufrimiento de Pepe porque su mujer lo dejó, cuento el sufrimiento de ese padre cuando se enteró que esa niña a la que vimos crecer se había metido a Jinetera.
Ves cómo viven el duelo y ves además como ese duelo se va convirtiendo en aceptación y más tarde en una complicidad. Ves cómo evoluciona el pensamiento y la niña que era criticada y juzgada ahora se convierte en el sostén de la familia. Al final te das cuenta que en esa época en Cuba (mucho menos hoy)  ni con principios ni con moral podías ir a comprar un kilo de carne al mercado. Hacía falta «el fula» y tenías que tener un medio para conseguirlo. Es triste ver como se prostituye una hija, pero también tienes que sobrevivir.
En Ana Bárbara también se representa a muchas amigas que por el día jugaban el papel de la estudiante abnegada que cumplía con todas las tareas de la escuela y por las noches se vestían de putas para buscarse unos pesos. En ese tiempo cobraban 40 dólares por unas horas. Esos 40 dólares no los ganaba yo en un año, sumando el salario de cada mes.

AV: Me gustaría saber un poco de ti. ¿Quién es Carlos Alberto?

CA: Un tipo cualquiera que siempre ha dicho las cosas como las piensa y es por eso, que siempre lo he considerado mí mejor amigo, al que conocí un día de noviembre del año 58 y que siempre ha estado conmigo durante todos estos años.

AV: El ensueño del condicionamiento constituye para mí como lector, el pecado original de Epitafio para un sueño y médula espinal del impulso narrativo de la novela. Una historia en donde Pepe el Salao, narra con lujo de detalles desde una perspectiva crítica, la formación y evolución del castrismo en Cuba hasta nuestros días. Con pluma ágil y clara, tú desmenuzas cómo y con cuantas mentiras, los castristas, se apoderaron de la nación cubana y la sometieron a los designios macabros de la dictadura comunista. ¿Cuándo dejaste de creer en ese sistema?

CA: Como la gran mayoría de mi generación, dejamos de creer en la revolución cuando sentimos coaccionada nuestra libertad. Fuimos jóvenes formados en la revolución, pero fuimos jóvenes pensantes y rebeldes.
Cuando te das cuenta que no puedes ser porque no te dejan ser, empiezas a cuestionar muchas cosas.
Creo que por respeto a mi padre y por no sumarle un sufrimiento más a las muchas discusiones que tuvimos por cuenta de su revolución, fui un poco más prudente. Pero cuando vives en carne propia que esa revolución que mi padre tanto defendió y para la que vivió fue la misma que lo orilló a quitarse la vida, entonces te conviertes en una víctima de ese sistema.
Ese año que mi padre se quitó la vida, le declaré la guerra a su revolución.

AV: ¿Cómo y cuándo llegaste a México?

CA: Llegué a México en agosto del 95. Vine a estudiar un doctorado a la UNAM y aquí me quedé. Este país me abrió sus puertas a un mundo de posibilidades y le estaré eternamente agradecido y desde el mismo primer día que puse un pie en México, supe que jamás regresaría a Cuba.

AV: ¿Nunca has pensado venir a vivir a Miami?

CA: Por pensar no se paga. Lo he pensado muchas veces, pero cuando formas una familia y cuando tienes un negocio propio, ya piensas más en el hecho de empezar de cero en otro lugar. Miami, me fascina y al mismo tiempo me da miedo porque Miami tiene la peculiaridad que cuando llegas y la vives, nadie se quiere ir de Miami.
Allá tengo a mis mejores amigos, con los que crecí, con los que estudié, con los que pasé los mejores momentos de mi adolescencia. Pero ya es un poco tarde y no se tiene la juventud necesaria para empezar desde cero a rehacer una vida. Tal vez Miami sea parte de mi jubilación, cuando decida no trabajar más y dedicarme solo a la escritura. Pero creo que para eso todavía falta un poco de tiempo.

AV: Volviendo a la novela Epitafio para un sueño, he podido constatar que es un hábil testimonio que reflexiona sobre los mecanismos dictatoriales y comunistas, la manera de como desterraron de Cuba el derecho a la expresión pública, estableciendo la censura ideológica en todas las esferas de la vida cubana. Escrita retrospectivamente, haciendo uso de la memoria y la experiencia individual, Pepe se expresa a través de su personaje. ¿Por qué decidiste comenzar la novela justamente un 26 de noviembre del 2016 a las 12:05 a.m.?

CA: Se dieron muchos factores para comenzar con esa retrospectiva y empezar en el presente e ir navegando a través de la historia vivida. Yo había estado en Miami en noviembre del 2016 para presentar mi primera novela llamada 2x2 no siempre es 4. Había vivido una experiencia verdaderamente inolvidable al rencontrarme con amigos que hacía más de 30 años no veía. Amigos que fueron parte de toda mi adolescencia y un poco más. Esa fue la primera razón.
La segunda causa fue que a esa misma hora en la que empieza la novela, recibí una llamada telefónica desde Miami. Un gran amigo me despertaba para darme la noticia que había muerto Fidel.
Ese fue el colofón para darle esa forma a Epitafio para un sueño. Traté de regalarme el sueño de celebrar con todos ellos que ya había muerto, aunque no de la forma que muchos hubiéramos queríamos, el hombre que nos causó tantos sufrimientos. Y con ese hecho, cerré el círculo para redondear la historia. Y así salió Epitafio para un sueño.

AV: ¿Por qué escoges el año 94 como el tiempo en que se desarrolla la historia?

CA: El año 94 fue un año duro en mi vida y en la de los cubanos. En ese año viví un divorcio y lo asocié con el drama que vivía Pepe el Salao en la novela, a quien su mujer lo había dejado para meterse a jinetera. Pepe se pierde en el sufrimiento de ese amor y se entrega a la bebida y descuida por completo a su vida y su salud. Algo parecido viví en ese año. Sumado a que en el 94, como ya te conté, fue el suicidio de mi padre.
También en el 94 sucedieron los hechos del Maleconazo en La Habana y el hundimiento del remolcador 13 de Marzo. Sin lugar a dudas, ese año me marcó muy fuerte y es por eso que decidí inspirarme en esos tristes momentos.
 
AV: Como casi todo un historiador de las mentalidades, extraes de la historia transcurrida el lenguaje necesario para expresar, en la estructura narrativa de la novela, todo tipo de caracterización intrínseca al régimen totalitario: la falta de libertad, la angustia y la desesperanza en el porvenir. ¿Siempre te inspiras en la tristeza para escribir?
CA: No siempre. Aunque creo que la tristeza es un buen punto de partida si quieres darle a una novela los ingredientes necesarios para formar una buena trama. Y en el caso específico de esta historia; la falta de libertad, la angustia y la desesperanza han formado a los largo de estos 59 años de revolución, un factor común en los cubanos. Son parte de nuestra vida. Creo que todos los que tuvimos la suerte de escapar de Cuba, llevamos en nuestro ADN a esos tres elementos que nos acompañaron durante nuestra vida en Cuba, e incluso estando fuera nos tocan, porque dejamos a nuestra gente atrás, a nuestros hijos, a nuestros padres, y mientras ellos no salgan, te acompañan en tu ya libre andar. Es muy difícil para un exiliado, desprenderse totalmente de ese pasado. Es una carga que llevamos en nuestras espaldas.

AV: Hay una frase que usas en la novela que en lo particular me gustó mucho: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo” Aquí se me ocurren dos preguntas: ¿Lo has experimentado en tu vida personal? y ¿Por qué lo usas en la novela?

CA: Claro que lo he experimentado. Mientras viví en Cuba lo tuve que hacer. Fingir que eras feliz y para eso tenías que hacerte el idiota. De hecho hay un fragmento de una conversación entre Pepe y Pedro, un médico de la familia que vive totalmente frustrado, donde se ilustra un claro ejemplo de esta frase:
“Vivimos en un país donde, para sobrevivir, hay que estar siempre fingiendo. Yo vivo fingiendo, diciendo cosas que ni yo mismo creo, pero que es necesario que se oigan. Todos fingen y así nos pasamos la vida, para que el sistema y su camarilla de chivatos crean que somos uno más de los suyos. Si no fingimos, no sobrevivimos. Ya viste por todo lo que pasó mi hermano por decir lo que pensaba. Pero te juro, Pepe, que ya estoy cansado de fingir que me siento el mejor médico del mundo en este consultorio de mierda, cuando hubiese querido especializarme en medicina interna y por capricho de tu presidente tengo que esperar a terminar esta especialidad de médico integral de familia. Finjo que soy feliz cuando tengo guardia en el hospital y me meto 24 horas trabajando, y cuando termino la guardia y llego aquí, tengo diez pacientes esperándome sin que me permitan dormir, al menos, un par de horas. A todos les muestro una sonrisa, cuando en realidad vengo que no puedo ni con mi vida. Pero tienes que fingir. Yo finjo, tú finges, todos fingimos. Hasta los dirigentes fingen. Por eso yo, ¡ya me cansé!”
Y claro, mientras finjamos y no seamos cómplices de esa dictadura, todo es entendible. El cubano de adentro no tiene muchas opciones, más que caer en la terrorífica máquina de moler carne que usa la dictadura.
En cuanto a la segunda pregunta no puedo darte muchos detalles porque sería revelar un poco el desenlace de la historia, pero Pepe tiene que hacer uso de esa frase y fingir que ha perdonado a la mujer que le destrozó la vida. Y es ahí donde juego un poco con ese eterno rencor que hemos vivido los cubanos, durante todos estos años de dictadura en la Isla. Esa ridícula formula que ha usado el gobierno de dividir a los cubanos en dos bandos. Los buenos y los malos. Los revolucionarios y la gusanera. Los hijos de revolución y la mafia de Miami. Cosa que también hemos aplicado nosotros en el exilio. Y ahí es cuando viene el gran dilema para Pepe. ¿En qué bando estoy ahora? Y esa encrucijada en la historia, nos lleva sin dudas a la reflexión en términos del perdón. ¿Algún día podremos perdonar todo el daño que nos han hecho? Y ahí se queda abierto un poco el final de la novela para poder dar entrada a la segunda parte de esta historia.

AV: Entonces ¿habrá otra parte de Epitafio para un sueño?

CA: De hecho ya está escrita. Esta novela se mueve entre el año 2017 y el año 1994, pero queda un hueco en ese lapso de tiempo en el que no se sabe cómo vivieron esos personajes que logran huir de Cuba y como estando ya en exilio, siguen siendo víctimas de esa dictadura.

AV: Una pregunta obligada. Ya pasó un año de la muerte de Fidel y en Cuba nada parece moverse. ¿Vislumbras algún cambio importante para los cubanos a corto plazo?

CA: A veces odio mucho ser fatalista y no creer que las cosas puedan cambiar en la isla, pero ellos mismos nos llevan a seguir dudando que mientras los Castros sigan en el poder o cualquiera que llegue que sea un títere del castrismo, en Cuba, como dice la canción, el cuartito estará igualito.

AV: ¿Dos escritores cubanos que hayan sido un referente para ti?

CA: Eliseo Alberto (Lichy) y Reinaldo Arenas. A este último hago un pequeño homenaje en Epitafio. Al comienzo de cada capítulo coloco uno de sus poemas. Creo que Reinaldo Arenas fue uno de los primeros “Pepe el Salao” de los tantos que hemos existido en la isla.

AV: ¿Un escritor no cubano?

CA: John Katzenbach.
AV: ¿Escribes poesía?

CA: No puedo llamar poesía a lo que escribo por respeto al género y a los poetas. Le he escrito muchas a mi esposa pero sin técnica, solo con sentimientos. Son poemas que han surgidos entre ayes y gemidos.

AV: ¿Cómo defines el  termino Cubanidad?

CA: Es la esencia o la individualidad dentro de lo universal. Es lo que nos diferencia del resto del mundo incluso no estando en Cuba. Es la comida, es el bolero, es el son cubano. Es el amor a la bandera y a la patria, es el sentirse cubano donde quiera que uno esté.
Es también odiar a quien oprime y roba nuestra libertad.
Es el vibrar cuando ves el éxito de un cubano. Es en esencia, la calidad de esa cultura que nos distingue y la hace peculiar.
La cubanidad está también en nuestro café negro, en nuestro tabaco, en el guarapo. En el sol y en nuestras playas, es por último el exilio lleno de añoranzas.

AV: Por último, ¿Algún agradecimiento especial?

CA: No podría cometer el pecado de dejar de mencionar a personas importantes en este andar literario.
Primero a un gran amigo, Denis Fortún, sin él no hubiera conocido a Yovana Martínez que creyó en mí como escritor. Gracias a ella empezamos a darnos a conocer y el resultado ya es notable. Ella me abrió las puertas que nadie, ni notables escritores del exilio, habían querido abrirme.
Quiero agradecer a todos los amigos que son parte de esta historia de Epitafio y se convirtieron en personajes entrañables de la novela. Jacobo, Rey, el Yankee, Orbe el flaco, que aunque aparecen con otros nombres, sus vivencias bajo el yugo de la tiranía son parte esencial de la trama.
Quiero agradecer en todos los que han creído en mí, en especial a mi más ferviente fan; mi esposa. Cuando ves a Gaby emocionarse y derramar una lagrima o una sonrisa mientras lee mis escritos, me da la seguridad  necesaria para creer en lo que hago y que a otras personas le puede estar pasando lo mismo mientras me leen. Es algo maravilloso.
Quiero agradecerte a ti Ángel Velázquez, que también has creído en mí y has invertido un espacio de tu gran agenda de trabajo para hacerme estas preguntas y para escribir una reseña de Epitafio para un sueño en tu más reciente publicación de Reseñas. Te deseo todo el éxito del mundo en la 1ra Convención de la Cubanidad. Tienes un gran equipo y han trabajado mucho para lograr este sueño del cual no escribiremos epitafios, sino historias que harán historias.


Nota: Hoy Carlos Alberto vive en Miami y desde Fort Lauderdale los saluda. 

martes, 2 de enero de 2018

Ángel Velazquez hace un análisis sobre Epitafio para un Sueño.



En su más reciente publicación RESEÑAS, donde Ángel Velazquez nos regala un amplio abanico de reseñas en forma de viñetas o ensayos cortos, aparece esta reseña sobre Epitafio para un Sueño.
En un capítulo de mi libro Totalitarismo en Cuba escribí que la gente en Cuba anda caminando dormida: parecen estar viviendo, pero en un sueño metafísicamente real. Los ojos están abiertos pero una corriente de ensueño interior no les permite abordar la realidad tal y como es. Cuando más, se producen reacciones, molestia. El mecanismo de la ensoñación manipula la conciencia del cubano, sujeta a las exteriorizaciones de la propaganda ideológica, lo cual constituye un epifenómeno imposible para la investigación social y cultural, así para la literatura. Leyendo la edición CAAW sobre la novela Epitafio para un sueño de Carlos Alberto, no puedo pasar por alto y señalar que se trata de una narrativa juiciosa, elegante y penetrante: la vida siempre depara cosas esenciales al ser humano. Tomado al azar un diálogo de la novela, permite dar testimonio del ensueño de la “realidad de lo real”. La conciencia no está despierta…
“—Pepe, eso no es perdonar, estás equivocado. Perdonarla es verla por dentro. Es ver su esencia pura y no guiarte solo por sus actos, y, mucho menos, cuando no sabes las causas que los condicionan”.
El ensueño del condicionamiento constituye el ellan vital, el pecado original de Epitafio y médula espinal del impulso narrativo de la novela. Una historia en donde el personaje principal, Pepe el Salao, narra con lujo de detalles desde una perspectiva crítica, la formación y evolución del castrismo en Cuba hasta nuestros días. Con pluma ágil y clara, el autor desmenuza cuantas mentiras, primero los barbudos, luego los castristas, se apoderaron de la nación cubana y la sometieron a los designios macabros de la dictadura comunista.
La novela es un hábil testimonio que reflexiona sobre los mecanismos dictatoriales y comunistas, la manera de como desterraron de Cuba el derecho a la expresión pública, estableciendo la censura ideológica en todas las esferas de la vida cubana. Escrita retrospectivamente, haciendo uso de la memoria y la experiencia individual, Pepe se expresa de esta manera:
“Estoy viviendo en un mundo de mentiras. Mentiras que subyugan el pensar. Mentiras que desgarran el sentir. Mentiras que niegan libertades. Esas diabólicas mentiras inventadas en su mundo de fantasía, de sueños de poder, de tácticas con mañas. Camino solo hacia el acantilado. Allí están todos mis recuerdos (…) Ahí está también mi entrega, mis tiempos, esos que me quitó en estado catatónico (…) Llego al acantilado. Miro todo lo que desperdicié de mi vida. Es momento de decir adiós”.
La trama de la novela juega con los tiempos entronizados de acuerdo a las sucesivas formas de reprobación y represión de parte de la dictadura, lo cual finalmente motiva la salida del país. En pleno Periodo Especial, Pepe dice: “De enfilar el rumbo hacia una nueva vida. De olvidar por siempre esta pesadilla. Hoy es 13 de agosto de 1994. Me subo al barco y emprendo rumbo hacia otras tierras del mundo. Adiós Cuba. Me despido de ti y no regreso hasta que no seas completamente libre, y por si muero, te dejo mi Epitafio”.
Como casi todo un historiador de las mentalidades, el autor extrae de la historia transcurrida el lenguaje necesario para expresar, en la estructura narrativa de la novela, todo tipo de caracterización intrínseca al régimen totalitario: la falta de libertad, la angustia y la desesperanza en el porvenir.
Estas realidades no prueban la existencia de una conciencia lúcida ante los mecanismos del ensueño de la dominación, pero abren posibilidades infinitas a la huida frente la opresión.
“Pepe recorrió su vista por todos los rincones del patio de la prisión. Nada hermoso meritaba detener sus ojos para calmarse. Empezó a caminar y Ana María lo siguió. En su camino encontró un pedazo de periódico, nunca había visto un periódico que no fuera de Cuba, así que lo tomó y leyó con mucha atención, un recuadro que contenía una frase de Sigmund Freud: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo”.

Psicológicamente, Pepe había caído en la cuenta…

NO LO PIENSE MÁS, SEA USTED UNO MÁS DE LOS TANTOS QUE HA LEÍDO ESTA HISTORIA. ORDENE AQUÍ

domingo, 3 de septiembre de 2017

Ideología fragmentada. Fragmento de Epitafio para un Sueño.



Cienfuegos, Cuba
Jueves, 4 de agosto de 1994
1:45 p.m.

Pepe regresó a su casa pensando en todo lo que le había dicho Adelaida. Se miró al espejo y trató de que la imagen reflejada fuera la de aquel Pepe que había conocido en el pasado. Sin pensarlo dos veces, le dijo a su reflejo:

—¿Es posible que cueste tanto trabajo reponerse a la pérdida de una mujer, cuando hay otras cosas más dolorosas de las que nos reponemos con mayor rapidez?

Pepe había perdido a su padre en junio de 1992 y supo aceptarlo. Una muerte dura, inesperada, insólita. Aún recordaba esos momentos como si los estuviera viviendo. Alguien lo llamó por el sistema de bocinas centrales del hospital. Él estaba en la sala de terapia intermedia, le explicaba a su amigo Pedro la situación de su padre, que necesitaba con urgencia un buen psiquiatra. Su padre estaba sufriendo un cuadro de demencia senil. De nuevo su nombre, ahora sí lo escuchó bien claro.

—Sí, es a ti Pepe —le dijo Pedro—. Vamos, yo te acompaño.

Se había desatado un corre-corre en el hospital. Los pasillos eran un remolino de médicos, enfermeras, personal de limpieza, pacientes y policías internos. «¡Alguien se lanzó desde el quinto piso!», era lo que se escuchaba por todas partes. Y ahí estaba, sentado, encajado en los escalones de una pequeña escalera que daba al jardín. Su cabeza bañada en sangre, apoyada en el barandal de aluminio. Pepe se quedó estático. Sus piernas empezaron a temblar. Su temperatura bajaba y las gotas de sudor ya se convertían en pequeños hilos que le corrían por todo el cuerpo. Todos los poros de su piel parecían manantiales de sudor. No podía creerlo. «¿Cómo alguien podía lanzarse al vacío sin tener miedo?», pensó.

Alguien gritó: ¡Todavía vive! Pedro salió corriendo y mandó a preparar el equipo de terapia intensiva de la sala de emergencias. Ahí lo llevaron y allí murió en menos de una hora. La pelvis rota en cinco partes y una severa fractura de cráneo. Era imposible que pudiera sobrevivir.

Su padre había pasado a formar parte de las estadísticas anuales de suicidio y, además, lo hizo sin pensar que con el tiempo solo lo recordarían como aquel que se lanzó del quinto piso del hospital provincial de Cienfuegos. Solo Pepe lo llevaría por siempre en el corazón.

Nadie le habló a Pepe para darle información, ni para investigar cómo y por qué sucedió, y hoy todavía no se sabe qué pasó. ¿Se lanzaría? ¿Lo empujarían? Solo su padre lo sabe. ¿Cuántas culpas lo habrán llevado a tomar esa decisión?

Pepe recordó el momento cuando Pedro salió al pasillo de la sala. Se acercó a él, y lo abrazó.

—Acaba de morir—. Fue lo único que dijo.

Pero eso no fue todo. Aún después de haberse quitado la vida, su padre siguió padeciendo. Tardaron más de ocho horas en entregarle el cadáver. Fue una verdadera odisea. No había material para rellenarlo, ni algodón para taponearlo y la nevera donde guardaban las vísceras no estaba funcionando porque se había descompuesto la cámara frigorífica.

Después de hecha la autopsia, hubo que cerrarlo con todo y mondongos. Dos horas antes de la hora fijada para el entierro hubo que cerrar el ataúd y desalojar la sala donde lo estaban velando. Su padre empezaba a dar señales de descomposición.

—Y eso que somos una potencia médica —le dijo Pepe al espejo, al tiempo que vino a su mente una conversación que había tenido con Pedro después que enterrara a su padre:

«—Creo saber por qué se suicidó mi padre, Pedro.

—¿Qué piensas?

—Demasiado peso en sus hombros. ¿Sabes cuántas discusiones tuvimos por el tema del socialismo y por Fidel? Al final, mi padre debe haber sentido más arrepentimiento que glorias de haber sido un comunista. Fidel, al igual que traicionó a todos lo que hicieron la revolución junto a él, diciéndoles que sus ideas no eran ni socialistas, ni marxistas, ni estalinistas, de esa misma forma traicionó a todos los que se subieron al barco revolucionario y sostuvieron sus caprichos. Es triste ver pasar los años y dar todo por una causa, y, de repente, verte solo y abandonado por ese mismo gobierno al que tanto le entregaste. Mi padre no se perdía una zafra, no faltaba a una movilización militar para estar preparado por si era necesario defender a la patria en caso de un ataque imperialista, de esos que se inventaba este viejo loco y que nunca llegaron. Y así pasaron los años, desperdiciando su juventud y viendo como llegaba la vejez, hasta un día que lo sacaron del trabajo sin una justificación aparente. No estaba enfermo, ni estaba incapacitado. Solo para darle su puesto de trabajo al hijo de un amigo del director de la empresa provincial de comercio interior. Mi padre atendía ese mecanismo diabólico que se llama Oficoda[1], y lo jubilaron casi a la fuerza. Se fue a la casa y sintió que le habían arrancado la vida. Jubílate en este tiempo, con un salario de 80 pesos cubanos al mes, cuando todos los precios se han elevado por encima de las nubes ¿Qué puedes comprar de comer en este país con ese salario? Explícame, Pedro, qué puede sentir un hombre que esa revolución que tanto defendió y hasta por la que se enemistó con su propio hijo y parte de la familia que nunca creyó en Fidel, un día le da la espalda y lo lanza a un olvido terrorífico. Creo que papá no pudo con esa culpa de sentir que desperdició la vida miserablemente en este país de mierda, para ahora no tener ni una vejez digna. Así le paga a su gente, este hijo de puta que tenemos como presidente. ¿Dónde está esa palabrería barata de que en este país hay igualdad y justeza cuando todo el mundo está jodido y Fidel es millonario? Así es, Pedro, mi padre antes de decir que estaba arrepentido y menos reconocer que yo tenía razón, su orgullo no lo dejó vivir un segundo más y se lanzó al abismo».




[1] Oficoda: abreviatura para Oficina de Control para la Distribución de los Abastecimientos. Institución administrativa cubana encargada de toda la tramitación de documentos para incorporar o dar de baja del Registro de Consumidores a cualquier individuo nacional. Igualmente, era la oficina que controlaba el Registro de Consumidores para garantizar la llamada canasta básica de productos normados por la Libreta de Abastecimientos.

martes, 29 de agosto de 2017

Epitafio para una Historia no profetizada.

PIQUE PARA VER EL ARTICULO
¿Puede una fecha, 25 de noviembre de 2016, cambiar la vida de muchas personas no solo en Cuba, también en los Estados Unidos y el resto del mundo?, ¿o es solo un pretexto del autor para entretejer una historia que no por lejana aún hinca sobremanera la piel del cubano? Entre estos niveles de realidad discurre la novela Epitafio para un sueño, de Carlos Alberto, publicada por la Editorial CAAW Ediciones, Miami, EEUU, 2017. Novela que ofrece, a través de Juan José Vega, Pepe, su esposa y un grupo de amigos que interactúan en las distintas historias que conforman la trama, y con un alto lenguaje reflexivo, la parte más descarnada de la vida de los cubanos desde los primeros días de enero de 1959, pasando por los oscuros años 90 —Período Especial—, hasta la actualidad.
«Estoy viviendo en un mundo de mentiras. Mentiras que subyugan el pensar. Mentiras que desgarran el sentir. Mentiras que niegan libertades. Esas diabólicas mentiras inventadas en su mundo de fantasía, de sueños de poder, de tácticas con mañas. Camino solo hacia el acantilado. Allí están todos mis recuerdos (…) Ahí está también mi entrega, mis tiempos, esos que me quitó en estado catatónico (…) Llego al acantilado. Miro todo lo que desperdicié de mi vida. Es momento de decir adiós. De enfilar el rumbo hacia una nueva vida. De olvidar por siempre esta pesadilla. Hoy es 13 de agosto de 1994. Me subo al barco y emprendo rumbo hacia otras tierras del mundo. Adiós Cuba. Me despido de ti y no regreso hasta que no seas completamente libre, y por si muero, te dejo mi Epitafio».
Personas comunes que cuestionan el presente a partir del dramático cuestionamiento de su pasado; la «pérdida» de la inocencia, la mutilación de un sueño, la expropiación de cuánto le dijeron le pertenecía, la inevitable persecución por una sexualidad no manifestada o por la simple elección de pensar distinto y escuchar otra música allende los mares; personas que intentan sobrevivir en paz, según los preceptos dictaminados por Dios, pero en un ambiente para ellos de hostilidad y desamparo.
«Fidel, pese a las advertencias de los expertos, se empeñó en hacer una zafra de diez millones de toneladas de azúcar. ¿Y qué pasó? ¡Ni cojones, Pepe! Terminó arruinando al país más de lo que estaba en los años 70, y me voy más atrás, desde el 59 está al frente de un gobierno que lo único que ha logrado es convertir en un desastre las producciones ganaderas, de café, de cacao, y ha desaparecido de la mesa de los cubanos la carne de res, el pescado, la langosta y los camarones, y hasta vegetales que se pueden sembrar en cualquier lugar y en cualquier época. Fidel nos impuso un sistema económico que, según él mismo declaró a un periodista norteamericano, jamás ha funcionado. ¿Crees que esto sea justo para un pueblo?».
Aquí, el pasado nos acecha tanto como el presente; sigue siendo el leitmotiv para lograr entretejer toda una trama que un día nos acompañó y hoy, inobjetablemente, nos sigue acompañando, solo que amparado por un discurso que constantemente llama al exterminio, a otra persecución que nada se diferencia a la ocurrida en la década del 70 bajo las riendas del tristemente célebre Luis Pavón.
En Epitafio para un sueño, Carlos se plantea una historia, no importa cuán lejana pueda estar, y la desarrolla con los elementos propios de su oficio: el lenguaje. Cada historia, para él, no es más que la restauración de aquellos sueños por los que siempre luchó y los recrea, con un discurso directo y alejado de sutilezas, de manera fascinante, sin tener en cuenta los peligros que estos puedan reflejar, lográndolo con destreza de estilo y eficacia técnica.
El que necesite una novela de búsqueda, no le recomiendo esta. El que necesite una novela reflexiva y de interrogaciones, es esta la perfecta. Pepe, su esposa y amigos no solo nos hacen reflexionar y nos interrogan, también nos dan las respuestas para no perdernos en el laberinto, para decirlo de algún modo, de sus desgarradoras historias y salir ileso de las heridas que aún no han cicatrizado.
«Pepe recorrió su vista por todos los rincones del patio de la prisión. Nada hermoso meritaba detener sus ojos para calmarse. Empezó a caminar y Ana María lo siguió. En su camino encontró un pedazo de periódico, nunca había visto un periódico que no fuera de Cuba, así que lo tomó y leyó con mucha atención, un recuadro que contenía una frase de Sigmund Freud: «Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo».
En ella, los protagonistas y los hechos que estos hacen, se preguntan y al mismo tiempo nos cuestiona, nos hace reflexionar sobre los valores que debe habitar al hombre, sobre el respeto al criterio ajeno y a la libre determinación que tiene cada cual en elegir su modo de vida y de pensamiento más factible a su entorno, y también, por qué no, el sistema o país donde quiera afianzar su espíritu de hombre constructor, sin imposiciones ni otro tipo de aberración, muy de moda por estos tiempos. Por eso, las distintas historias que estructuran esta novela, más que historias de vida, son narraciones que ilustran, por medio de la acumulación de experiencias, el mapa de un país y las distintas generaciones que dentro de él conviven. Son estas historias una reflexión desgarradora del existir.
«Era inadmisible olvidar y evitar comparaciones. Cada acto, cada acción y cada logro del presente, inevitablemente, lo llevaban al pasado, como si este le restregara en el rostro todo lo que había carecido y padecido en Cuba, pero, al mismo tiempo, era la recompensa por haber salido, como si todo lo malo hubiera valido la pena».
He aquí, amigos, un pasado que alude a un espacio que se sitúa más allá de nosotros como individuo, de los recuerdos que no solo aparecen, sino que cantan en sus páginas a través de sus personajes, hombres y mujeres comunes, alejados de todo misticismo y con la nostalgia de su idílico país sobre las espaldas.
Háganlo suyo, no más.
Luis Pérez de Castro.
Luis Pérez de Castro (Pinar del Río, Cuba, 1966) Historiador, abogado, poeta, narrador y crítico literario. Ha publicado en poesía los títulos Confesiones del Abad (Ed. Matanzas, 2005), Testimonio del Pagano (Ed. Unicornio, 2007), Ultimo e-mail inédito de Faulkner (Ed. Matanzas, 2009), y Como un manso animal (Ed. Capiro, 2012); en cuento Nostalgia del cíclope (Ed. Libre Idea, DF, México, 2004), Mientras arde en silencio mi voz (Ed. Capiro, 2006), Rapsodia del erudito (Ed. Capiro, 2007), Epístolas de un loco (Ed. Mecenas, 2007) y Hansel (Sed de Belleza Ed., 2015); y en crítica literaria Estos silencios. Estas palabras (Ed. Neo Club Ediciones, Miami, EE. UU, 2016). Igualmente, aparece en las antologías Neruda, 100 años (Australia, 2005), Nosside Caribe (Ed. Letras Cubanas, 2006), Noche Cálida en Santa Clara (Ed. Capiro, 2010), Faz de tierra conocida (Ed. Letras Cubanas, 2010), Los cuerpos del deseo (Ed. Neo Club Ediciones, Miami, EE. UU, 2012), Poetas siglo XXI (poetassigloveintiuno.blogsport.com, España, 2013) y Relatos Lorca IV (Ed. Hegoak.com, España, 2013); y trabajos suyos de poesía, narrativa y crítica aparecen en diferentes revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido, entre otros, los premios Mercedes Matamoros, 2003; Poesía de Amor Varadero, 2004 y 2008; Batalla de mal Tiempo, 2004; Félix Pita Rodríguez, 2006; Farraluque, 2007 y Primer accésit certamen de relato breve LGTBI, Premios Lorca, España, 2013. Actualmente, vive en Cuba.

jueves, 24 de agosto de 2017

Y yo que creía que México debía ser como Cuba…

FERNANDO LOERA

Y yo que creía que México debía ser como Cuba… he estado engañado desde que tengo uso de razón, porque siempre escuché que Cuba era el modelo a seguir por todos los gobiernos de América Latina. Creo que el cuento de salud y educación gratis nos segó a todos.

Al leer «Epitafio paraun sueño» mi visión ha cambiado completamente. Sin pensarlo dos veces te digo que prefiero a un México corrupto que a esta despiadada dictadura que han vivido ustedes los cubanos. Claro también prefiero un México diferente, pero tengo que agradecerte este nuevo panorama que has abierto ante mis ojos porque si en mis manos estuviera el poder cambiar a mi país, jamás aceptaría a un gobierno que nos someta a este tipo de sistema Totalitarista.

A mis amigos mexicanos les recomiendo mucho leer esta historia. Para nosotros que nos pasamos la vida quejándonos de nuestros gobiernos debemos empezar a valorar más el país donde vivimos y cuidar que estas cosas no nos sucedan nunca.


Para comprarla pique aquí: Epitafio para un sueño. 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...